La cara oculta del alunizaje

 

Recuerdo haber escuchado hasta la saciedad, con mi primer novio, aquel CD del dúo australiano Savage Garden donde aparecía la canción To the moon and back. Eran los años 90 y nuestro amor, demasiado intenso. Los mensajes iban cargados de promesas, excitación y exceso, tanto, que el «para siempre» era una creencia incuestionable. La pasión en las relaciones amorosas, especialmente en los comienzos, conduce a una sobrecarga de emociones difícil de expresar con palabras. Aún así, lo intentamos con ahínco, apelando a todo tipo de exageración y, si es extraterrenal, todavía mejor. “Te quiero más que a nada en el mundo”, “hasta las estrellas” o “más que ir hasta la luna y volver”. La declaración intenta manifestar un amor infinito, aludiendo a un trayecto que resulta inconcebible, sin embargo, no lo es: hay una distancia aproximada de 768.800 km hasta la luna y vuelta.

 

La frase que da nombre a la exposición, To the moon and back, es introducida al comienzo del recorrido en una obra protagonizada por un galán de cine cualquiera de los años 40-50. La imagen es un retrato en primer plano, con la típica pose ladeada de la época, de un hombre que intuimos atractivo. Y digo intuimos, porque sus facciones han sido tapadas con las letras del título y un conjunto de recortes geometrizantes, sacados de una fotografía del globo terráqueo, que dificultan su lectura. La figura romántica lanza la promesa apasionada a través de sus ojos y su boca ­– viajar al espacio sideral para demostrar todo el amor que siente –, pero la ventana de su rostro revela que la realidad es otra: no se ha movido de la tierra, ni piensa hacerlo, porque en ella encuentra el arraigo y los privilegios convenientes. La satisfacción de sus propios deseos, la conquista, la pertenencia, convencer a su enamorada de lo imposible para convertirla en una más de sus posesiones. Adornadas de artificio y caballerosidad, las palabras son las únicas que viajan, acortando las distancias del apego, sin moverse del sitio. La pieza alude con sutileza a todas esas declaraciones vacías que se utilizan como estrategia para promover emociones sin que haya un sustento de compromiso real .

 

Partiendo de esta bajada a tierra que rompe con toda posible idealización o acercamiento previsible, Carmen Figaredo articula una serie de desmontajes críticos que, basándose en el imaginario lunar y sus acontecimientos asociados, ponen sobre la mesa cuestiones como el papel al que ha sido relegada la mujer, el simbolismo vinculado a lo femenino, la construcción de la imagen del héroe, la violencia implícita en gestos naturalizados o el impacto de la posverdad en la sociedad contemporánea. Y que mejor forma para abordar la deconstrucción, que la práctica del collage. Siguiendo la línea estética y procesual de su última individual en la galería, What are you looking at?, la artista trabaja con decenas de revistas de moda antiguas, que examina obsesivamente, en busca de aquellas imágenes que pueden vibrar juntas y lanzar un mensaje contundente. En este caso, ha centrado su atención en magazines de los años 60, década en la que el Programa Apolo desarrollado por Estados Unidos en el marco de la carrera espacial con la Unión Soviética, ocupaba una sección importante de los contenidos de los principales medios de comunicación.

 

La llegada del hombre a la luna fue, en gran parte, fruto de la confrontación económica, política, cultural y militar entre EEUU y la URSS durante la Guerra Fría. A pesar de que, en el inicio, los soviéticos cosecharon los principales éxitos, finalmente fueron los estadounidenses, quienes lograron la hazaña más importante de esta competición: imprimir su pisada en el único satélite natural de la tierra. El hecho se convirtió de inmediato en hito histórico y paradigma de la heroicidad occidental. No era para menos, pues contiene todos los ingredientes necesarios para ostentar tal consideración: la figura del hombre blanco, la conquista y el progreso entendido como dominación. Lamentablemente, lo más importante no eran los avances en el campo de la tecnología espacial, sino la lucha por ver quien llegaba primero y podía atribuirse el mérito de poseer la luna. El gesto de clavar la bandera, marcando el territorio, constituye el más claro símbolo de la nación triunfante. Desde esta perspectiva, se podría decir que fue un pequeño paso para el hombre y un gran paso para los hombres estadounidenses. Porque eso sí, de las 17 misiones Apolo que tuvieron lugar entre los años 1967 hasta el 1972, ninguna mujer formó parte de los viajes espaciales y no fue porque no lo intentaran. Es bien conocido el Mercury 13 ­– motivo de un reciente documental ­–, un programa de 13 mujeres aviadoras creado y financiado de forma privada por el médico norteamericano William Randolph Lovelace II en 1959, en el que se sometieron a las mismas pruebas físicas y psicológicas a las que se habían sometido los hombres del programa oficial de la NASA, Mercury 7, obteniendo incluso mejores marcas. De poco sirvió, ni la NASA ni los astronautas referentes de la época valoraron las capacidades de las mujeres y el programa se canceló; no fuera a ser que les arrebataran parte del protagonismo en un sector que les pertenecía por completo.

 

Son muchas las figuras femeninas, apenas conocidas, que jugaron un papel determinante en la masculinizada carrera espacial. Sin ir más lejos, el famoso astronauta John Glenn – quien testificó en el congreso en contra de las aviadoras del Mercury 13 argumentando que no debían ir al espacio porque era una cuestión de "orden social"[1]­–, difícilmente hubiera orbitado alrededor de la tierra si no hubiese sido gracias a las contribuciones de tres afroamericanas trabajadoras de la NASA: Katherine Johnson, Mary Jackson y Dorothy Vaughn. [2]

 

Carmen Figaredo pone la mirada en las mujeres ocultas por el fenómeno mediático de la conquista lunar y eclipsadas por sus épicos compañeros que son los únicos que serán recordados en la historia venidera. Así lo evidencia la obra You know who I am, en la que una mujer esconde su rostro detrás de la luna, dejándonos ver tan solo sus ojos a través del recorte de la zona de alunizaje que actúa como antifaz. La artista, tapa en sus obras la identidad de las mujeres que, al contrario que la de los héroes, es indeterminada. Rara vez se mencionaban nombres sobresalientes y, si los había, solían estar vinculados a un varón. Es el caso de la Condesa de Castiglione, Virginia Oldoini ­–a la que hace un claro giño la pieza –, una aristócrata y espía italiana, famosa por haber sido amante del emperador Napoleón III de Francia y personaje influyente en aras de conseguir la unificación de la península. La «divina condesa», ocupa también un lugar significativo en la historia temprana de la fotografía por ser modelo y colaboradora del fotógrafo Pierre-Louis Pierson[3], a quien ayudaba a preparar las sesiones eligiendo el vestuario, los gestos y las composiciones. El destacado cuidado de su trabajo por la puesta en escena, ha hecho que se considere el antecedente de la fotografía de moda, ámbito con el que Figaredo mantiene una estrecha familiaridad vinculada a sus inicios.

 

 

Dicen que, más allá de sentirse objeto de admiración, la condesa llevo a cabo una producción frenética de fotografías con el objetivo de construir su identidad. En la obra, la belleza por la que fue conocida le es vetada a favor de un ideal más fuerte: la mirada serena y decidida, símbolo de un colectivo cuya marca identitaria se encuentra en estado puro de transformación.

 

Por encima de las trabajadoras de la NASA, nos queda por hablar de las grandes olvidadas, todas aquellas esposas de astronautas que permanecieron en la tierra mientras sus maridos se preparaban para la gran misión. Puede que fueran ellos quienes viajaron a la luna, pero sin duda fueron sus parejas las condenadas a sostener el peso del cuerpo celeste (The weight of the moon) como grandes titanes. Fueron ellas las que esperaron largos días llenos de riesgo e incertidumbre, las que soportaron el acoso de la prensa y la gente por la calle, pero, sobre todo, fueron ellas las encargadas de tejer una red de cuidados de valor incalculable para que sus esposos pudieran dedicarse únicamente a su trabajo. Embarazadas de la luna, criaron a sus hijos solas (Motherhood) y sirvieron de sostén a los continuos malabarismos profesionales (Balance) que implicaba la carrera espacial.

 

Los hombres tenían – y en muchos casos siguen teniendo ­– el poder en sus manos, la gestión de un tiempo regido en base a sus futuros éxitos. En la obra We’ll keep it together, vemos un reloj que marca los ritmos de la vida según el esperado momento de la pisada a la luna, objetivo, que consume también el tiempo de sus mujeres. El sistema es perverso y la libertad de unos, puede conllevar la opresión soterrada de otros, tal y como sugiere el gesto de venas prominentes. Casi a modo de cierre esperanzador, la pieza The Three Graces muestra a los tres astronautas de la misión Apolo 11, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, pero con tres grandes flores por cabezas. Es como si la racionalidad y la egolatría de todos esos semidioses encumbrados, pudiese ser sustituida por la sensibilidad y la empatía de hombres vulnerables.

 

Las insignias representativas de los logros han sido borradas, sin embargo, permanece la bandera de Collins, el astronauta que se quedó en la nave orbitando alrededor de la luna. Fue el único que experimentó su cara oculta, una clara reivindicación de los méritos más difíciles: aquellos que no se ven.

 

Carmen Figaredo nos atrapa en su personal universo de recortes, llenos de elegancia y misterio. En cada una de las obras, una primera mirada de corte estético, nos conduce con sigilo hacia otras capas más profundas y movilizadoras que nos obligan a detenernos y volver a mirar, en la oscuridad.

 

Nerea Ubieto

 

 

[1] https://elpais.com/elpais/2018/06/01/ciencia/1527888323_707155.html

[2] Protagonizan la película de Hidden Figures, 2016

[3] Fotógrafo francés de la corte imperial francesa (1822-1913)

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