“En la fotografía hay una realidad tan sutil que llega a ser más real que la realidad”.
Alfred Stieglitz - The Real Thing: Imitation and Authenticity in American Culture, 1880-1940,

M. Orvell (1989). p. 220

Se entiende la fotografía como un procedimiento que permite obtener imágenes fijas de la realidad, exponiendo a la luz una superficie sensible. Como resultado, nos queda un soporte, con una serie de reacciones químicas, tinta, o luz en una pantalla, en la que somos capaces de leer y comprender el resultado. Quizás porqué la fotografía produce información en el mismo lenguaje que hablan nuestros ojos.

Siempre he creído que no hay nada menos “real” que una fotografía. Todo en torno a ella es subjetivo, sujeto al criterio de un juez nada imparcial, la persona que está tras el aparato, el fotógrafo. ¿Cómo podemos tomar como referencia única y verídica de un momento o hecho un rectángulo de una realidad indudablemente más grande? El ojo y la mente tras la cámara deciden qué se incluye y qué se queda fuera de ese marco de “realidad”.

Una fotografía es un instante, una serie de circunstancias resumidas, retazos de información contenidos en un solo envase. Es tiempo, una vez fotografiado el sujeto se convierte en parte del pasado. Es recuerdo, un gatillo que es capaz de disparar toda clase de emociones sinestésicas. Es bastante más que una serie de reacciones químicas o un poco de tinta sujeta a un papel. Si bien pienso que no es una referencia de la realidad, creo que en ocasiones si refleja porciones de la misma. Destellos de historias que quedaron fuera del escenario.

Todas las imágenes son creadas para ser vistas. No sólo desde el empleo práctico de la fotografía, ni como resultado de creación artística. Cualquier objeto de expresión plástica no existiría si no hubiese nadie que lo contemplase. Incluso si pensamos en fotografías que tomamos y nunca revelamos, o nunca enseñamos a nadie, éstas, existen en la mente del tomador. El creador puede ser el único espectador. Pero generalmente, no sólo el tomador es el único espectador de una imagen, se suelen exponer a un número amplio de público, infinito, si tenemos en cuenta la tecnología de hoy. Cada individuo realiza su propia lectura de una misma imagen, aportando datos e ideas, e interpretándolo de una manera única. Incluso el mismo individuo interactúa de manera diferente con la misma imagen a lo largo del tiempo. Me importan sobremanera esas infinitas posibilidades de una misma cosa.


Es un impulso natural para mi, pensar en qué hay detrás de las imágenes, ajenas o propias. A veces el mensaje es claro. Otras, necesito reorganizarlas para contar las otras posibles realidades. Encuentro mi herramienta creativa en el acto de cortar y pegar. El collage me permite ensamblar diferentes piezas en un todo único. Realizo un examen casi científico de las imágenes, disecciono e inspecciono diferentes escenarios, y después los ensamblo en una misma pieza física. A veces, el acto de cortar, de dejar un vacío a la vista, es lo necesario. La manipulación de las imágenes físicamente, como objeto, es algo inherente en mi proceso creativo.

En esta ocasión, me centro en el aspecto físico de la fotografía como objeto. Pieza única de apariencia indisoluble, que disecciono y examino para analizar la información que contiene. Alterándola la pongo a prueba, intentando encontrar otros aspectos, otras historias y otras composiciones de sí misma. Utilizo Avilés como sujeto de mi experimento. Es un lugar presente en mi vida en momentos muy diferentes de ella. Esas imágenes contenidas en recuerdos, las mezclo con imágenes físicas de diferentes tiempos, construyendo pequeñas nuevas imágenes, nuevas interpretaciones.